jueves, 29 de abril de 2010


Solo 153 soldados contra 7.500.
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Leyeron bien: ciento cincuenta y tres contra siete mil quinientos.
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A ninguna mente se le hubiera ocurrido combatir a 7.500 soldados con solo 153 combatientes. Ni siquiera a Páez con toda su fiereza.
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Todo este plan se concibió para atraer a los españoles realistas y emboscarlos. Pero la estrategia no produjo el resultado esperado y la táctica tomó su lugar.
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Esta batalla la cuenta hasta el historiador español Torrente, exagerando el número de los que acompañaban a Páez.
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Harto Morillo de los constantes acosos de Páez quiso montarle una trampa de la que Páez se enteró y montó a su vez una contratrampa.
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Una vez que Páez se dio cuenta del fracaso de su plan y que estaba a punto de una muerte inminente no hubo otra opción que enfrentar con inteligencia y fiereza esa situación, gracias a que observó muy atentamente los movimientos del enemigo mientras se ejecutaba la operación y que aprovechó un casi imperceptible descuido del bando contrario.
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Con respecto a esta batalla escribe Eduardo Blanco en 1881, en su muy emocionante novela histórica “Venezuela Heroica”:
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“La pluma se estremece al describir aquel suceso, la razón se resiste a creerlo; pero ahí está la historia, y la tradición, y los contemporáneos, y el testimonio de Bolívar, y medio siglo de incontestables alabanzas y los mismos émulos de Páez que no se atreven a negarlo”.
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Acá se narra la batalla completa, escrita por el mismo Páez en su autobiografía para que se convenzan de lo verosímil y factible de esta batalla aunque a primera vista parezca imposible de creer:
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“Morillo llegó a la ribera izquierda del río Arauca y acampó en la Mata del Herradero, una milla más abajo del punto en que nos hallábamos.
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Aquel mismo día, a las tres de la tarde, se pasó a nosotros un oficial de caballería llamado Vicente Camero, y antes de presentarse a Bolívar me informó de que Morillo había organizado un plan para hacerme prisionero.
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Consistía en que si yo volvía a provocar al ejército del modo en que lo había hecho el día anterior, atacándolo y fingiendo retirada para volver inmediatamente a la carga, Morillo se movería contra mí con todo el ejército para obligarme a huir sin poder volver la cara, y ya en fuga me perseguirían doscientos hombres escogidos de la caballería, montados a caballos de buena carrera y resistencia, para acosarme y hacerme prisionero.
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En descargo de este encono que contra mi tenía el jefe español, tengo que referir un hecho ocurrido cuando el ejército comenzó a pasar el Arauca.
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Aquella mañana muy temprano salí yo con unos diecinueve compañeros al encuentro de Morillo, y apenas nos divisaron cuando este lanzó sobre mi toda su caballería; yo dividí mi gente en dos pequeñas secciones, e hice que Aramendi, encargado de una de ellas, diera frente, avanzara, se retirara y sin cesar le hostigase, apoyándolo yo al mismo tiempo con el resto de la gente.
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Entonces suspendieron los realistas el ataque, con pérdida de algunos jinetes, no habiendo nosotros tenido más desgracia que un caballo herido.
Bien se comprenderá ahora que el general español no me perdonara aquella mala pasada que yo le había jugado en sus mismas barbas y que estuviera deseoso de hacérmela pagar con usura.
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Después de oír la relación del oficial corrí a ver a Bolívar, y habiéndole referido el plan de Morillo, le dije que si él me permitía pasar el rio con un corto numero de los míos, yo con mi táctica habitual atraería a los realistas hasta frente al lugar en donde estábamos, y si Bolívar mandaba a emboscar al enemigo en las orillas del río a las compañías de granaderos y cazadores con toda su artillería, podríamos dar un buen golpe a los españoles; pues cuando le tuviéramos en el punto citado, yo cargaría de frente al mismo tiempo que nuestras fuerzas al asecho atacasen de frente.
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Accedió Bolívar a mis deseos, e inmediatamente con ciento cincuenta hombres crucé el río, y a galope nos dirigimos al campamento de Morillo.
Movióse este para poner en práctica su plan, y nosotros le fuimos entreteniendo con frecuentes cargas y retiradas hasta llevarlo al punto que habíamos señalado para la emboscada.
Al llegar allí abrió fuego contra los realistas una compañía de cazadores que estaba allí apostada, pero no con toda la fuerza que yo suponía.
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Muy apurada era entonces nuestra situación, pues el enemigo nos venía acorralando por ambos costados con su caballería y nos acosaba con el fuego de sus fusiles y cañones, cuando afortunadamente el valeroso comandante realista Narciso López me brindó la oportunidad de pasar con alguna ventaja a la ofensiva.
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Fue el caso que López se adelantó a la infantería con el escuadrón de carabineros que mandaba; en el acto dispuse que el comandante Rondón, uno de aquellos jefes en quienes el valor era costumbre, con veinte hombres lo cargase a viva lanza y se retirara sin pérdida de tiempo antes que lo cercasen los dos trozos de la caballería enemiga que yo deseaba formasen una sola masa para entonces devolver nosotros y atacarlos de firme.
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Cargó Rondón con la rapidez del rayo, y López imprudentemente echó pié a tierra con sus carabineros; Rondón le mató alguna gente y pudo efectuar su retirada sin que lograsen cercarlo.
Al ver que las dos secciones de caballería no formaban más que una sola masa, para cuyo objeto había ordenado el movimiento a Rondón, mandé a mi gente volver riendas y acometer con el brío y coraje con que sabían hacerlo en los momentos más desesperados.
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Cuando vi a Rondón recoger tantos laureles en el campo de batalla, no pude menos de exclamar: Bravo, bravísimo comandante. General, me contestó el, aludiendo a una reprensión que yo le había dado después de la carga que le dieron a López pocos días antes, “General, así se baten los hijos del Alto Llano”.
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Todo contribuía a dar a aquel combate un carácter de horrible sublimidad: la noche que se acercaba con sus tinieblas, el polvo que levantaban los caballos de los combatientes de una y otra parte confundiéndose con el humo de la pólvora.
La caballería enemiga se puso en fuga; la infantería se salvó echándose sobre el bosque y la artillería dejó sus piezas en el campo, lo cual no pudimos ver por la oscuridad de la noche. Finalmente, mucho antes del amanecer se puso Morillo en retirada para Achaguas.
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Bolívar con los demás jefes del ejército desde la otra parte del río, había presenciado la refriega.
El hecho sucedió en el lugar llamado “Las Queseras del Medio”, Morillo lo llama en su parte “el Herradero”; y el historiador realista Torrente, para hacer parecer menos vergonzosa la derrota, dice que los nuestros eran quinientos llaneros de figura gigantesca y hercúlea musculatura.
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Bolívar hizo contar los muertos que había tenido el enemigo, y ascendieron cerca de quinientos.
De los nuestros salieron heridos del combate, entre otros: el teniente coronel Manuel Arraiz, y los capitanes Francisco Antonio Salazar y Juan Santiago Torres; muertos solamente dos: Isidoro Mujica y el cabo primero Manuel Martínez; pero en la anchura de sus heridas y el tenerlas en la espalda nos demostraron que habían sido abiertas por lanzas de los nuestros, que en la confusión y oscuridad habían tomado por enemigos a aquellos compañeros suyos.”

Luego de esta batalla Bolívar condecoró a Páez y sus ciento cincuenta lanceros con la Orden de los Libertadores dándoles esta proclama:“¡Soldados! Acabáis de ejecutar la proeza mas extraordinaria que puede celebrar la historia militar de las naciones. Ciento cincuenta hombres, mejor diré, ciento cincuenta héroes, guiados por el impertérrito Páez, de propósito deliberado han atacado de frente a todo el ejército español de Morillo. Artillería, infantería, caballería, nada ha bastado al enemigo para defenderse de los ciento cincuenta compañeros del intrepidísimo Páez. Las columnas de caballería han sucumbido al galope de nuestras lanzas; la infantería ha buscado un asilo en el bosque; los fuegos de sus cañones han cesado delante de los pechos de nuestros caballos. Solo las tinieblas habrían preservado a ese ejército de viles tiranos de una completa y absoluta destrucción.”